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Apuntes para una distinción entre la agresividad y la violencia

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por Goyo Saravia

Usualmente asociamos la violencia con la agresividad. De hecho el diccionario de la RAE sostiene que la “agresividad” es la: “tendencia a actuar o a responder violentamente”.

 

Sin embargo, si consultamos la voz “violencia” el significado no se aclara porque el propio diccionario incurre en una definición tautológica afirmando que la violencia es la:

 

1. Cualidad de violento.
2. Acción y efecto de violentar o violentarse.
3. Acción violenta o contra el natural modo de proceder.
4. Acción de violar a una persona.

 

“Violento”, siguiendo las definiciones del diccionario de la RAE, sería aquel que “actúa con ímpetu y fuerza y se deja llevar por la ira”.

 

Por su parte, la “ira” sería el “sentimiento de indignación que causa enojo; el apetito o deseo de venganza; o la furia o violencia de los elementos de la naturaleza”.

Podríamos pensar que la violencia tiene una connotación siempre negativa. Incluso podríamos afirmar que es una de las formas de MAL pero nos toparíamos con el problema de que el MAL es uno de los términos más complicados de definir sin hacer referencia a la teología o la moralidad. El argumento teológico no podría ser empleado ante personas que se declaren ateas o agnósticas ni tampoco ante alguien que sin declararse como tal no esté dispuesto a darle credibilidad a una explicación que proviene de un acto irracional como es la fe en un dogma. Y en relación con la moralidad tendríamos que admitir que como ésta va modificándose con el transcurso del tiempo o que es diferente para cada cultura o sociedad, tampoco podríamos llegar a un consenso que nos permitiese definir al MAL de una forma unívoca.

 

¿Cómo avanzar en una distinción entre la agresividad y la violencia? ¿Son ambas expresiones de un mismo MAL?

 

El derrotero intelectual que ha seguido el problema del mal en tiempos recientes, lo ha vinculado con el problema de la violencia humana -la infringida y la padecida- y, por ello, con saberes distintos de los filosóficos y más cercanos al campo de la biología, la medicina, la sociología, la psicología o los estudios culturales. Muchos de los trabajos que se realizan desde estas disciplinas, persiguen el origen de la violencia en el sistema nervioso o bien en el análisis de los entornos de crianza y desarrollo de aquellas personas que demuestran tener una alta propensión al comportamiento violento.

La cuestión relativa a la caracterización de la agresividad, al igual que la reflexión sobre la violencia, está atravesada por el debate y la incertidumbre. Tal como ha señalado Anthony Storr, “dado que el comportamiento agresivo es algo tan característico del hombre pudiera suponerse que el origen y los determinantes de la agresividad humana han sido definidos y reconocidos desde hace mucho. Pero no es éste, sin embargo, el caso, y todavía existe un considerable debate acerca de si la agresividad es un impulso innato, instintivo, que, como el instinto sexual, trata de expresarse espontáneamente, o si, por el contrario, es simplemente una respuesta a circunstancias exteriores adversas y en absoluto instintiva”(1).

 

1 Vid. STORR, A., La agresividad humana, [1968], Traducción de Juan Ramón Capella, Alianza Editorial, Madrid, 2004, p. 15.

El alto desarrollo que ha alcanzado la denominada neurociencia o neurobiología, ha permitido a los científicos investigar las bases neuronales de las emociones y distinguir cuales suelen ser las cultivadas por el género masculino y el femenino. En este sentido, por ejemplo, se ha considerado que los hombres suelen desarrollar más que las mujeres las emociones vinculadas con la agresividad, mientras que las mujeres parecen ser más idóneas para generar emociones como la simpatía o la compasión.

A lo largo del siglo XX los psicoanalistas y psicólogos de otras escuelas han ido desarrollando estudios acerca de la agresividad, sin embargo Freud, por citar un ejemplo, le había concedido escasa atención a este tema. Freud desarrolló la teoría del instinto de muerte como una agresividad dirigida hacia uno mismo más que hacia el entorno que rodea al sujeto. El instinto primario de autodestrucción era para él mayor que la agresividad dirigida hacia los demás puesto que ésta debía entenderse como un efecto secundario o una desviación respecto de aquél (2). Esta tesis de Freud sería considerada como falsa por los etólogos (3). En textos importantes de los últimos años, tales como El Porvenir de una ilusión (1928) o El malestar en la cultura (1930), Freud sostendrá que lo que impide la conducta agresiva no es nuestra moralidad, más bien ésta es el resultado de que de que renunciamos a la agresión y por ello no tenía esperanzas en que se pudiera fundar una conciencia moral a partir de la parte reprimida de nuestra personalidad. Como tampoco guardó esperanzas en la tarea que cumplen las religiones al respecto. Freud llegó a preguntarse por el valor mismo de la civilización ya que si el superyó es depositado en un único líder, esto da lugar a un peligroso enamoramiento masivo.

 

2 Existe una pulsión de muerte que representa la búsqueda que realiza el ser vivo para sustraerse de las tensiones y retornar a un estado inorgánico. Esta pulsión puede ser vista como una tendencia hacia la autodestrucción o como una agresión dirigida hacia fuera (Tanatos). Opuesta a la pulsión de muerte, se encuentra la pulsión de vida que reúne a las fuerzas de totalización y unificación y que dependen tanto de las pulsiones sexuales como de la pulsión de autoconservación.

3.  Para Storr “la sexualidad masculina, debido a la necesidad primitiva de búsqueda y penetración, contiene un importante elemento de agresividad; un elemento que es reconocido por -y al que responde- la hembra que cede y se somete”. Vid. STORR, A., La agresividad humana, op. cit., p. 96.

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Otros representantes de la psicología contemporánea, como Fritz Perls que está entre los fundadores de la psicología de la Gestalt, han sostenido que “las relaciones que existen entre el individuo y la sociedad y entre los grupos sociales no puede entenderse sin considerar el problema de la agresión”(4).

4 PERLS, F., Yo, hambre y agresión. Una revisión de la teoría y del método de Freud, Traducción de Carmen Vázquez Bandín, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, Ferrol, 2010.

Por otro lado, en la actualidad se ha llegado a la conclusión de que el comportamiento humano no puede ser explicado únicamente desde factores bioquímicos sino que hay que considerar las influencias sociales, culturales y familiares que operan sobre el sujeto desde su nacimiento. Emociones tales como el miedo, la ira o la tristeza son el resultado de reacciones bioquímicas que se producen en el contexto de las redes neuronales.

Ahora bien, el nivel de la conectividad neuronal es el que puede verse afectado, manipulado, por el entorno que rodea a la persona y es, a su vez, el que permite explicar porque existen individuos capaces de cometer las peores aberraciones imaginables al mismo tiempo en que desarrollan una vida normal en otros ámbitos.

 

Las claves, entonces, para entender la violencia parecerían estar en un análisis de la interacción que existe entre el cerebro humano y el entorno de la persona que sea objeto de estudio.

Una de las funciones del hipotálamo es coordinar las respuestas emocionales pero en el curso de la vida ordinaria suele encontrarse bajo el control inhibitorio de la corteza cerebral. Diferentes investigaciones han demostrado que en los mamíferos se produce un aumento del índice de pulsaciones, de la presión arterial y una elevación del nivel de glucosa en la sangre cuando se suscita la ira. En estas situaciones es dable apreciar una contracción de los músculos superiores, volviéndose menos aptos para la fatiga, al mismo tiempo que la sangre se concentra en las extremidades y el pelo se eriza. Bajo un estado de estas características se suele producir una disminución de la percepción sensorial que permite a los individuos resistir de mejor manera los golpes o ataques que reciben durante un enfrentamiento.

El instinto de agresión en los seres humanos y en los animales fue estudiado y comparado por el etólogo vienés Konrad Z. Lorenz (1903-1989). En una de sus obras más conocidas, describe formas típicas del comportamiento agresivo y establece el carácter espontáneo de muchas de sus manifestaciones violentas, a la vez que señala el proceso de ritualización a las que están sometidas (5).

5. Vid. LORENZ, K., Sobre la agresión: el pretendido mal, [1963, 1968], Siglo XXI editores, México, 22ª edición, 2005, en particular caps. III, IV, V, VI, pp. 31-123.

La cuestión de la violencia en la guerra ha despertado verdadera fascinación en muchos de los pensadores más importantes de la Antigüedad, la Edad Media, la Modernidad y la era contemporánea. En un contexto muy diferente al de la cultura occidental -dónde podría pensarse que con mayor facilidad puede darse un deslumbramiento ante el fenómeno de la violencia exacerbada- el sabio chino Sun Tzu, hace dos mil años, considerando a la guerra como un arte, escribía que “la acción militar [violenta] es de importancia vital para un país; constituye la base de la vida y de la muerte, el camino de la supervivencia y de la aniquilación” (6).

6 Vid. SUN TZU, El arte de la guerra, Versión de Thomas Cleary, Traducción de Alfonso Colodrón, Editorial Edad, Barcelona, 2006, p. 17.

Para Julien Freund la relación dialéctica propia de la dupla amigo-enemigo es la lucha, entendida dentro del sentido limitado de un antagonismo entre dos grupos históricamente determinados. Mientras que la guerra violenta no sería un accidente sino un elemento inescindible de la esencia de lo político (7).

7 Vid. FREUND, J., L’essence du politique .

Otras muchas reflexiones en torno a la violencia y la trascendencia que ésta tiene para la vida misma se pueden encontrar en variados autores de diferentes épocas(8).

8 Como ejemplo de ello: ARENDT, H., Sobre la violencia , [1969,1970], Traducción de Guillermo Solana, Alianza Editorial, Madrid, 2005; BENJAMIN, W., Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV,  Introducción y selección de Eduardo Subirats, Traducción de Roberto Blatt, Ed. Taurus, Madrid, 2ª edición, 1999; KEANE, J., Reflexiones sobre la violencia , Traducción de Pepa Linares, Alianza Editorial, Madrid, 2000; SOREL, G., Reflexiones sobre la violencia , [1906], Prefacio de Isaiah Berlin, Traducción de Florentino Trapero, Editorial Alianza, Madrid, 2005; STEVENSON, L., Siete teorías de la naturaleza humana , [1974], Traducción de Elena Ibáñez, Ediciones Cátedra, Madrid, 1978; STEVENSON, L., HABERMAN, D. L., Diez teorías sobre la naturaleza humana , Traducción de Elisa Lucena, Ediciones Cátedra, Madrid, 2006; TRIGG, R., Concepciones de la naturaleza humana.

¿Quiénes somos?

¿Quiénes somos? Durante siglos el hombre se había guiado por su naturaleza interior. Tanto si era un guerrero, un poeta o un agricultor lo que le movía eran emociones e instintos que nacían dentro de él. A veces era ladrón, asesino, cobarde, tirano, violador... otras...

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