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Yo, hambre y agresión. Una revisión de la teoría y del método de Freud

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extractos del libro de Fritz Perls

“Las relaciones que existen entre el individuo y la sociedad y entre los grupos sociales no puede entenderse sin considerar el problema de la agresión.

Nada hemos aprendido sobre la dinámica de la agresión a pesar de que Freud nos advirtió de que las energías reprimidas no sólo no desaparecen, sino que pueden incluso llegar a ser más peligrosas y efectivas cuando se las mantiene ocultas.

La agresión es una función biológica que, en nuestra época, se ha convertido en un instrumento de locura colectiva”. 

Agresión

“Si no existiera el instinto de auto-conservación ni el hambre, sino sólo el instinto sexual, en pocos años la flora y la fauna atestarían este planeta de tal manera que se provocaría un desequilibrio.

La multiplicación de la flora y la fauna proporcionan alimento suficiente y su consumo impide el atestamiento. Este equilibrio es el resultado de la ley natural. Sin embargo, los organismos se niegan a ser comidos y desarrollan defensas mecánicas y dinámicas.

Experimentamos como peligro cualquier ataque, cualquier agresión dirigida a nuestra destrucción parcial o total. En la lucha por la supervivencia los medios para el ataque y la defensa se desarrollan en líneas relacionadas pero diferentes. El que ataca desarrolla todos sus medios para conseguir la víctima, el que se defiende, para hacer impotentes los ataques.

El agresor no tiende a la aniquilación de su objeto. Quiere apoderarse de algo, pero encuentra una resistencia. Entonces procede a destruir la resistencia, dejando lo más intacta posible la sustancia que le es válida. Esto es aplicable tanto a las naciones como a los individuos humanos y a los animales.

El tigre no mata para aniquilar sino para alimentarse.

Los medios de defensa son de naturaleza mecánica o dinámica. Las defensas mecánicas son actividades congeladas, petrificadas, acumuladas, como fortificaciones de hormigón: los medios dinámicos de defensa son de una naturaleza motora (por ejemplo, el vuelo), secretora (la tinta del calamar, el veneno de la serpiente) o sensorial (la exploración). De esta forma, el que se defiende es tan activo como el agresor y se mantiene en forma centrífuga la tendencia orgánica a vivir, como en casi cualquier otra función.

El hecho de que el yo se concentre sólo en una cosa a la vez muestra una gran desventaja: el organismo puede ser tomado por sorpresa, se le puede atrapar sin que se dé cuenta.

Una compensación a esta desventaja es el empleo de una coraza (la armadura del carácter en los seres humanos). Sin embargo, aún el castillo más fortificado no puede estar cerrado herméticamente, debe tener comunicaciones elásticas con el mundo.

Para vigilar esas aberturas la mente humana ha desarrollado un censor, un perro guardián moral. La instancia censora en nuestra mente tiende a impedir que el material no deseado llegue a la consciencia inmediata. El objeto del censor es admitir tan sólo el material que considera bueno y excluir todos los malos pensamientos, deseos, etc.”

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Bueno y Malo

“Si fuera correcto que el mundo existe sólo según nuestras necesidades, entonces los objetos existirían para nosotros o no existirían.

Pensar en términos de bueno o malo, evaluación, ética, moral, o como quiera que se llame a estas evaluaciones, desempeña un papel importante en la mente humana y no se explica ni por el fenómeno figura-fondo ni por el holismo, aunque existe cierta relación entre sentir lo bueno o lo malo y totalidades completas e incompletas.

En nombre del bien y del mal se lucha, la gente ha castigado o educado, se han formado o roto amistades. Cielo e infierno. Elevados honores y prisión. Premios y castigos. Alabanza y condena. Virtud y vicio. Este bueno y malo, como el interminable traqueteo de un tren, nunca cesa de impregnar los pensamientos y las acciones humanas.

Hablamos de una manzana buena o mala, aprobando o desaprobando su calidad, pero cuando aplicamos esta evaluación a la conducta comenzamos a moralizar.

Este moralismo comienza a existir en la primera infancia. Para el niño tan sólo existen aquellos aspectos de la madre que él necesita.

Pueden surgir dos situaciones: o la madre satisface las exigencias del niño, o no. En el primer caso (le da la teta por ejemplo) el niño queda satisfecho. Lo siente bueno y la imagen de la madre desaparece en el fondo hasta que el hambre que vuelve la renueva (autorregulación organísmica).

La segunda situación, opuesta a la primera, surge cuando no están satisfechas las necesidades del niño. Éste sufre una frustración, se acrecienta la tensión del impulso y el organismo produce energías, los medios para conseguir el fin: la satisfacción. El niño se pone muy agitado, empieza a llorar o monta en cólera. Si la frustración se mantiene más allá de la incertidumbre que el niño es capaz de soportar, lo siente muy malo. La imagen de la madre, como el niño la conciba, no se va a retirar por completo al fondo, sino que se queda aislada, impregnada de rabia y proclive al recuerdo. El niño ha sufrido un trauma que volverá a aparecer cada vez que produzca una frustración real.

El niño (y el organismo humano en general) experimenta dos reacciones opuestas, según la gratificación o la frustración de sus demandas. Lo siente bueno si satisface, malo si frustra.

El efecto traumático de las frustraciones en la infancia llevó a algunos a la conclusión prematura de que un niño no debería sufrir privaciones durante su crianza. No obstante, los niños educados conforme a este principio no son menos nerviosos.

Sabemos que un niño debería ser educado en la línea de lo que Freud llamó el principio de realidad, el principio que dice si a la gratificación, pero exige que el niño sea capaz de soportar la incertidumbre del aplazamiento.

Es necesaria una cierta cantidad de tensión para la gratificación real. Cuando esta tensión crece demasiado, entonces la cantidad se transforma en cualidad, el placer se cambia en dolor, el abrazo en aplastamiento, el beso en mordisco, la caricia en golpe. Cuando se invierte el proceso y desciende la alta tensión, entonces lo desagradable se convierte en agradable. Este es el estado al que llamamos felicidad.

El bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, son juicios hechos por individuos o instituciones colectivas según la realización o frustración de sus exigencias. En la mayoría de los casos pierden su carácter personal y, cualquiera que haya sido su origen social, han llegado a convertirse en principios y normas de conducta.

El hombre en general ha olvidado que lo bueno y lo malo originalmente eran reacciones emocionales y se inclina a aceptar lo bueno y lo malo como hechos.

Hemos descubierto que lo bueno y lo malo son originalmente sentimientos de bienestar y de malestar. Se les proyecta sobre el objeto que estimula estos sentimientos y posteriormente, se le llama bueno o malo.”

Perls sostiene que el empleo de los dientes es la principal representación biológica de la agresión. La resistencia a sus funciones agresivas es en gran parte responsable del deplorable estado de nuestra civilización.

Nuestra actitud hacia el alimento tiene una influencia tremenda en la inteligencia, en la habilidad para entender las cosas, para entrar de lleno en la vida y clavar los propios dientes en las tareas que uno se proponga.

El que no emplea sus dientes va a mutilar su habilidad para utilizar sus funciones destructivas en su propio beneficio. Debilitará sus dientes y contribuirá a su deterioro.

El lactante es un parásito de su madre, y las personas que mantienen esta actitud durante toda la vida siguen siendo parásitos ilimitados. Esperan siempre algo a cambio de nada; no han conseguido el equilibrio necesario para la vida de un adulto, el principio de dar y tomar.

Solamente aprendiendo cómo aplicar sus instrumentos para morder, los dientes, va a ser capaz de superar su subdesarrollo. Así pondrá a trabajar su agresión en su lugar biológico apropiado; ni la sublima, ni la exagera, ni la suprime; sino que la armoniza con su personalidad.

No cabe ninguna duda de que la humanidad padece de agresión individual suprimida y ha llegado a ser el ejecutor y la víctima de tremendas cantidades de agresión colectiva puesta en libertad.

Las personas que condenan la agresión y, sin embargo, saben que las represiones son nocivas, aconsejan la sublimación de la agresión, como prescribe el psicoanálisis para la libido.

Con la libido sublimada no se puede engendrar un hijo; con la agresión sublimada no se asimila el alimento.

El restablecimiento de las funciones biológicas de la agresión es la solución al problema de la agresión.

Si una persona suprime la agresión como sucede en los casos de neurosis obsesivas, si embotella su rabia, tenemos que encontrar una salida. Tenemos que darle una oportunidad de que se desahogue. El golpear una pelota, cortar leña o cualquier tipo de deporte agresivo, como el fútbol, a veces hará maravillas.

La agresión tiene un objetivo en común con la mayoría de las emociones: no es una descarga sin sentido, sino más bien una aplicación.

Perls ha afirmado que la agresión es ante todo una función del instinto de hambre. En principio, la agresión puede ser parte de cualquier instinto; tómese, por ejemplo el papel que la agresión juega en la persecución del objeto sexual.

Si la tensión de hambre se vuelve alta, el organismo militariza a las fuerzas a su disposición. Se experimenta el aspecto emocional de este estado primero como irritabilidad no diferenciada, después como ira y finalmente como rabia.

¿Quiénes somos?

¿Quiénes somos? Durante siglos el hombre se había guiado por su naturaleza interior. Tanto si era un guerrero, un poeta o un agricultor lo que le movía eran emociones e instintos que nacían dentro de él. A veces era ladrón, asesino, cobarde, tirano, violador... otras...

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